La Fortaleza del miedo
Nunca fui testigo de ningún acto paranormal. Jamás vi fantasmas,
ni escuché nada extraño, sin embargo creía. Y después de lo que vi y escuché,
esa credibilidad se multiplicó por mil.
Vi muchos documentales, series, películas acerca de lo paranormal,
de todas aquellas cosas que no podemos ver a simple vista y que no se observan
en cualquier lugar, sino en aquellos en los que la energía negativa se siente
con mayor potencia.
Si existe el bien, existe
el mal, así como hay energía positiva, hay energía negativa, y esa es la que se encuentra en
ciertas zonas específicas de la fortaleza del Real Felipe, recinto militar
construido en el Siglo XVIII, cuya particularidad de su construcción es que es
de estilo Vauban y pentagonal. Su construcción fue alterada en la Guerra del
Pacífico.
Fue así, que logré contactarme por medio de un amigo periodista,
con el grupo Dharma, para cubrir una nueva velada paranormal en la Fortaleza
del Real Felipe. Para conseguir que los de este grupo me acompañen fue
imprescindible que me identificara como periodista, y diciéndoles que
necesitaba de la visita para una crónica para el diario en el que trabajo.
Aceptaron. Sin embargo, me propusieron la visita para el mes de agosto,
¡imposible! Pedí que por lo menos me
acompañe cierta parte del grupo y que la visita no sea muy extensa, que vayamos
directo a los lugares que ellos ya habían reconocido como “las zonas de mayor
carga de energía negativa”, en su recorrido hace dos años atrás.
Mi taxi me recoge en la puerta de mi casa. Abordo el vehículo y
enrumbamos directamente al cruce de las avenidas Paz Soldán y Sáenz Peña, en pleno
corazón chalaco. Mi blackberry marca las diez y media de la noche y a lo lejos,
observaba la fachada del imponente recinto militar.
Ingresamos acompañados del grupo de fenómenos paranormales
‘Dharma’, dirigido por la parapsicóloga Carmen Briceño, y su pareja Pedro
Noguchi. Fueron ellos junto a la medium María Elizabeth Samaniego, quienes nos
acompañaron en una visita que duraría dos horas –lamentablemente, ya que por lo
general son mucho más largas por lo que
debía aprovechar cada minuto-.
“Al Cabo Osorio se le hizo tarde para entrar en servicio y comenzó
a trepar los muros del Torreón de la Reina. Eran las dos de la madrugada y
escuchó unos gritos que decían: ‘Vamos a comenzar la batalla’. Inmediatamente,
sintió que una mano lo empujó tres veces hasta que cayó y perdió el
conocimiento. Cuando lo encontraron; botaba espuma por la boca”, nos contó
Armando Muñante, empleado del museo del Real Felipe desde hace 25 años,
dándonos el primer testimonio como muestras de bienvenida.
“Como somos pocos, solo haremos un grupo –éramos 6 personas más el
guía- por que por lo general siempre hacemos la división en tres grupos que
visitan tres ambientes distintos: El Torreón del Rey, el Torreón de la Reyna y
la Casa del Gobernador. Antes de comenzar, por favor las personas sensibles,
háganlo saber para que no dificulten el recorrido”, dice poco antes de
iniciarse la aventura, la medium María Samaniego.
- ¿Qué riesgos hay de que me pase algo? – pregunto antes de
comenzar
- No existe ningún riesgo siempre y cuando no molestes a las
almas. Trátalas con respeto, no hagas preguntas muy personales, solo aquellas
que puedan contestarse con un sí o un no – me responde Carmen.
Sin tiempo de pensar, se inicia la visita en los oscuros y
tenebrosos pasillos del Torreón de la Reyna. Alumbrados apenas por la luz de
una linterna, la médium, tocaba las paredes intentando entrar en contacto con
los espíritus virreinales.
Bajando unas escaleras en forma de caracol, nos introducimos a un
cuartel de vigilancia que conectaba con los calabozos. Uno de los guías nos
dijo que en tiempos del Virreinato, desde esa cabina se controlaban a los
presos de la época quienes podían ser revoltosos, traidores a la Corona,
agitadores, indígenas, etc.
“A los presos se les tenía almacenados de a pie. Una vez a la
semana les lanzaban pan y cal. El pan para que comieran y la cal para que las
heces no huelan mal” contó Armando Muñante.
Una vez que la médium hiciera su análisis de rutina, que
básicamente era pegarse a las paredes, lanzar alaridos inentendibles, respirar
profundamente e intentar tocar el aire, como si hubiera visto a alguien, nos
sentamos en cuclillas, apagamos las linternas y encendimos el Frank Box
-aparato para escuchar presuntas voces de espíritus- para tratar de tomar
contacto con alguna alma perdida.-
“La primera Frank’s Box fue
construida por Frank Sumptión quien decidió hacer una máquina para comunicarse
con otras entidades no humanas. Sumptión quería buscar la prueba definitiva de
que las almas conviven entre nosotros. Cogió un sintonizador de radio, le
cambió algunos cables, omitió las opciones MUTE y BEEP y ¡listo! Frank tenía su
caja para captar psicofonías mediante el rastreador de señal de radio” nos
contó Carmen.
Luego de algunos minutos de espera, un sorpresivo canto
gregoriano, similar al tétrico ‘Ave Satanik’ -de la popular película ‘La
Profecía’-, erizó nuestra piel.
- ¿Oyes eso? ¡Grábalo! ¡Grábalo!, me dijo mi amiga
- Si lo oigo, pero no puedo sacar el celular– respondí tremulante.
Seguidamente, una voz masculina se identificó como ‘Paul’ y nos
pidió prenderle una vela. ¿Prenderle una vela? Yo estaba impactada, de tantas cosas,
mensajes que nos podía decir, únicamente nos hizo esa petición.
Culminada la sesión en el cuartel de vigilancia, recorrimos un
amplio pasadizo que conectaba con estrechos callejones, dónde hacinaban a los
prisioneros.
Cuando pensábamos recorrer esos estrechos callejones, Pedro
Noguchi –una persona altamente sensitiva- no dudó en hacer la advertencia: “Ahí
no podemos entrar, al menos no esta noche”. Aún ávidos de curiosidad, se me ocurre
pegármela de valiente e intento hacer mi heroico ingreso, pero nuevamente
lanzaron la advertencia. “Ahí hay almas malas, ni siquiera quieren que les
recemos, es triste sentir como reniegan de Dios”, continúa diciendo Noguchi.
Inmediatamente, desistí de mi acción, cuando Noguchi decide
ajustarse el cinturón: “Yo entraré, tomaré fotos y saldré corriendo”. Risas
dentro de mí, decían ¿tanto miedo de un profesional como él? No lo podía creer.
Cogió una cámara, hizo lo suyo y salió como si le apretarán los talones. Las
fotografías mostraban manchas blancas y circulares, pegadas a las paredes. “Se
llaman orbes”, hace la aclaración la medium. Para mi eran machas. Manchas
claras de presencias extrañas jamás antes vistas por mí.
Mientras retaba a mi sistema nervioso, la médium continúa haciendo
lo suyo.
- ¿Hay alguien ahí? - Si – respondía una voz masculina, al otro
lado del hilo paranormal - ¿Cuántos son? - Cuatro – responde con total claridad
- ¿Eres un soldado? - Si – agrega la voz, luego de algunos segundos. - ¿Tienes
familia? ¿Tienes hijos? - … ¡Fuera! – responde el interlocutor, luego de varios
minutos de espera.
“Muchos de los fantasmas del Real Felipe, fueron de personas que
vivieron en el Siglo XVIII. A diferencia de un cementerio, muchos de ellos no
quieren comunicarse, solo quieren que los dejen en paz”, sostuvo Noguchi.
Saliendo de primer ambiente y armas de nuestras linternas,
culminamos el recorrido sin mayor sorpresa – más que la foto que me dejó
impactada-, decidimos continuar al Torreón del Rey, pero luego de un breve
receso para tomar un poco de aire y corroborar que nuestra mente no nos estaba
jugando una mala pasada. Ya eran las once y media de la noche.
El Torreón del Rey, tiene la misma arquitectura del Torreón de la
Reina. Al consultar con nuestro guía nos respondió que ambos eran iguales. “La
diferencia es que aquí penan peor”, aclaró.
La teníamos clara, queríamos bajar a los calabozos, y encontrar el
mayor registro paranormal. No fue hasta dos escalones antes del calabozo subterráneo
central, cuando tuve que hacerle frente a uno de los más terribles de mis
miedos.
- ¡No puedo seguir!... Es horrible”, clamaba la médium notablemente
atormentada y tapándose la cara.
- ¿Qué viste? si ahí no hay nada – preguntó Carmen que avanzaba
junto a ella lo más adelante posible.
-Es un monje… nos está
mirando… es horrible… no podemos estar acá. ¡Regresamos! – sostuvo para luego
dar marcha atrás y buscar un lugar para poder recuperar la calma.
María Samaniego -la médium- tiene años haciendo recorridos en el
Real Felipe. Vive junto a su esposo y sus hijos en Barranco. En su casa,
algunas almitas en pena le despertaron el interés por lo paranormal. Se integró
a Dharma como simple curiosa y hoy en día encabeza grupos de investigación con
el ánimo de mostrarle al mundo la evidencia ectoplasmática de nuestro país. Sin
embargo, es humana y también sabe asustarse. No es la primera vez que se
encuentra cara a cara con el monje del Real Felipe. Hace dos años, el orate
encapuchado apareció en unas fotografías tomadas en la Casa del Gobernador.
Mientras subíamos
alborotado por las accidentadas escaleras de piedra, María nos dice a mi amiga
y a mí: “Nos está siguiendo, lo siento detrás de mí… me está jalando la
mochila…. Vamos rápido”.
Es difícil describir como sentí que la piel se me erizaba y lo
único que quería era salir de ahí e irme a tomar una cerveza en algún lugar
iluminado de Miraflores –fue mi primer pensamiento-.
Como si hubiéramos visto al diablo, subimos las escaleras hasta el
último escalón, que nos llevó a la zona alta del Torreón. “Nos ha seguido,
puedo sentirlo”, repetía Samaniego. Estábamos en un atrio sin techo desde el
cual se tenía una vista espléndida del Cercado del Callao.
Una caseta de vigilancia, usada siglos atrás para resguardar
cualquier amenaza, se ubicaba al centro de la plataforma. Dentro de aquella
oscura caseta, una escalera pequeña llevaba hasta un punto de observación en el
que apenas cabía una persona. Por decisión de la mayoría, optamos por poner el
Frank Box en la escalera de aquella caseta.
Nuevamente, el arriesgado Pedro Noguchi, se animó a ser el
voluntario que coloque el aparato. Cuando estuvo en el umbral de la pequeña puerta,
mencionó: “Creo que está aquí adentro. Es mejor que nos vayamos”.
En ese momento entendí, que nuestra visita al Torreón del Rey ya
había terminado y que nuestra presencia no era para nada agradable para esos
extraños seres.
Ascendimos por la misma escalera que nos llevó al atrio superior. Cogimos
el primer pasadizo que nos llevara a la salida. El guía nos llevaba
automáticamente, conocía esas rutas como la palma de su mano. Una vez que vimos
la salida, todos empezamos a experimentar una ligerísima sensación de mareo -al
comienzo creí que solo lo estaba sintiendo yo, a causa de los nervios- inmediatamente,
paseo mi cajetilla de Marlboro rojo entre todos, y regresamos a la normalidad
mientras exhalábamos largas bocanadas de humo. Eran las doce y media de la
noche. Era necesario culminar nuestra aventura. Habíamos quedado con Carmen que
serían dos horas de recorrido.
Presurosos, nos acercamos a
la Casa del Gobernador, que ahora es usada como museo de exhibición de piezas
coloniales. El primer hecho que captó mi atención en dicho lugar, fue una
huella estampada en unas de las losetas. “Es la de un niño que merodea por
aquí. Es imposible que la hayan hecho al momento de las construcción”, comenta
Armando Muñante, luego de que me ve observando aquella huella.
Una amplía galería se muestra ante nosotros. Para hacer el
contacto, decidimos apoyar el Frank Box en una vitrina que yacía al centro del
salón. Apagamos las luces, y a esperar.
- ¡Esperen! Lo sentí. Pude sentir que algo pasó por mis piernas –
dice mi amiga asustada, quien al enterarse que iría a un pequeño paseo en la
noche, me insistió llevarla como parte de la prensa. Culminado el impase, la
médium empezó con las preguntas.
- “Niño ¿Qué edad tienes?”
- “Ocho”– responde una tímida voz.
- “¿Estás con tu mamá?” – Seguimos con las preguntas, sin pensar
que un alma adulta nos acechaba – “No sé” – responde una voz adulta.
- “¡Queremos hablar con el niño! ¿Tienes miedo?” – insistió María.
Esta vez no hay respuesta alguna, yo ya quería salir de ahí,
estaba mareada.
- Esa alma es mala, y no quiere que estemos aquí – responde la
afectada medium.
“Sentí que algo me apretó el pecho fuertemente. Sentí que me
asfixiaba”, nos dice.
A un lado del salón, Carmen Briceño, indicó que el niño le había
pedido que lo ayudemos. “Quiere venir con nosotros, pero lamentablemente no
podemos hacer eso. Aquí hay un alma muy mala, que lo tiene sometido, no es la
primera vez que entramos en contacto con este pequeño. Es una pena que no pueda
descansar en paz. A veces hay almas muy poderosas que someten a otras y nos las
dejan descansar en paz”, nos dice.
Terminada la sesión y siendo la una y veinte de la madrugada,
salimos de la Casa del Gobernador. Nos reunimos afuera para compartir las experiencias
de lo sucedido entre los muros de la Fortaleza. Todos coincidieron con que la
experiencia del niño, fue la más fuerte. La médium sin duda, sintió la
experiencia del monje, como la más aterradora luego de sentir jalones de pelo,
de mochilas, náuseas, temblores, silbidos y golpes en las paredes –sin duda
ella más sensitiva que nosotros-.
“Siento que me arde el
pecho, es como si un par de manos me hubieran agarrado para ahorcarme”, comentó.
Cuando la alumbramos con las linternas, su pecho presentaba una ruborización
extraña. Se veía colorado, y le dolía. Era más que evidente que en la Casa del
Gobernador, un alma quiso atacarla.
Tras unos minutos de compartir experiencias, Carmen me pregunta si
había traído mi sal marina, tal y como se especificaba en el correo de
confirmación que me enviaron para asistir a la sesión.
“Échate esta sal por todo el cuerpo y espárcetela sobre la cabeza,
la ropa, tu cuello. Luego quítatela con fuertes sacudidas en dirección al
suelo. Como si te sacarás algo del cuerpo. Cuando llegues a tu casa, no entres
sin haberte quitado toda la ropa. Sácatela y métela de frente a la lavadora o
en una bolsa bien cerrada”, cuando me
dijo eso, me creí embrujada por la maldición de la fortaleza y me arrepentí –en
esos minutos, de haber ido-.
Me despedí de Carmen, Pedro y la médium. Eran las dos de la
mañana. Mi movilidad aguardaba en la Av. Paz Soldán. Subí al auto y enrumbé a
casa, mientras pensaba en el camino, las
indicaciones que me hizo Carmen. Llegando hice todo tal cual se me había
indicado. Debo aclarar que dormí tranquila, y me persigné ante de hacerlo.
Después de esta inigualable experiencia, solo me queda decir que respeto mucho
más a todas las personas que dedican su vida a averiguar sobre lo paranormal y
que sí existe vida después de la muerte y que si queremos que se respete
nuestra paz, debemos respetar la paz de ellos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario